Un día, alguien, al que tanto queríamos, decidió dejar de estar aquí. Y, los que quedamos aquí respetamos su decisión y vamos a hacer que su recuerdo se manifieste a través de cada respiro que damos. Para todos los que ya no están con nosotros:
La música se ha vuelto un sutil consuelo, pero a la vez una constante resonancia de que ya no quiero estar aquí.
Tengo miedo.
Miedo no por mí, sino por mamá y papá, por cómo se vayan a sentir.
He tratado de sentirme mejor, pero no lo he logrado.
Esto que me persigue ha hecho un pacto conmigo: dejar de servirme de sombra si mi materia deja de andar.
Hemos debatido mucho, pero la manifestación de nuestro consentimiento acaba de ser firmada.
Me ha preocupado la forma, pero como dicen: mas vale un momento rojo que ciento amarillos, y de los amarillos, ya me he cansado.
Hice un par de llamadas, pero nadie ha contestado.
Siento que todos me han dejado o tal vez ya se han cansado.
He comprado unas pastillas, las tengo en mi mano.
Las estoy agarrando tan fuerte que acabo de darme cuenta que tal vez no deba hacerlo.
Que tal vez ni siquiera pueda hacerlo.
Pero tengo que sentirme capaz, yo puedo.
No quiero que piensen que me fui por lo más fácil
porque decidir huir, también es difícil.
Por primera vez he hecho un plan perfecto.
There's no choice.
Y, me despido. Me despido del viento, del agua y de lo tangible.
De los muchos que no me querían y de los pocos que sí.
De quien no quiso escucharme, de quien no pudo ya soportarme.
De los buenos momentos, de mi sonrisa y mi peculiar carcajada.
De mis vecinos, de mis amigos del colegio y del señor de la tienda.
De la televisión, la computadora y del rock 'n roll.
De la noche y de las madrugadas.
I love you, but I'm gonna leave you, tonight.
Quiero una última cosa: me encantarían demasiadas flores, tulipanes con un osito de peluche, por favor.
¿Por qué no te das una vuelta por casa? El viento corre delicioso, en la frecuencia exacta que tanto te gustaba.
Estoy parada en el techo donde te escondías, he comprado un buen vino y tengo dos copas en la mochila. Creo que tomaré en las dos. Voy a terminar mareada, pero prometo no caerme por las escaleras. El guardia está cuidando las galerías así que subí con prisa. Estarías demasiado contenta, porque ya no hay enamorados cagando el ambiente. Ahora creo que pagan por un buen telo.
¿Cómo estás tú, MaríaFe? Me han contado que empezaste a peinarte y que nuevamente te creció el cabello.
También he escuchado que ya no sales mucho y que ahora te escondes en tu departamento. Que a nadie le diste tu dirección y que has decidido desaparecer. ¿Qué pasó ahora, MaríaFe?
Sería bueno que vengas para teñirnos otra vez de rojo el cabello y caminar descalzas por la calle y reírnos fuerte, con demasiada imprudencia, tanto así como te gusta.
MaríaFe, he escuchado que te creen insoportable, qué poco te conocen, no? Solo puedo reírme con tanto chisme de mierda. Vente a casa, pues.
¿Cuántos corazones vas volviendo azules? También han corrido rumores de esos, oí que te dejaron, que dejaste no sé a quien y que has estado llorando mucho. No sé por qué no vienes a casa, querida. También dicen que cambiaste nuevamente de psicólogo y que estas yendo al gimnasio a recuperar los 62 centímetros de cintura que teníamos. Yo sigo flaca, eh.
Siento que estoy insistiendo demasiado, pero te conozco como si fuera tú y déjame decirte que necesitas un tiempo en casa, volver a tocar el piano y que cantes hasta el amanecer. Dale, MaríaFe.
No entiendo por qué nadie me cree cuando los miro a los ojos y les digo que estoy bien. Uno se enamora, pero también se desenamora. Es simple.
Un par de meses a mí me duró desahuevarme solita en frente del espejo, but I dit it. No más puedes seres, no más oportunidades, no más intentos, no más my beautiful man no me dejes.
Es cierto que he llorado, me he embriagado, he hecho pataletas y los he torturado con monólogos debidamente fundamentados con una duración exhaustiva. Pero, now I'm ok.
Estar bien no significa ponerme linda y salir de noche, conversar con una docena de chicos guapos y agarrarme hasta al barman o que para olvidar diga que sí al primer hombre con huevos que quiera intentar algo conmigo. Porque yo soy la que ahora camina con huevos mágicos que no los rompe, ni siquiera los raja y mas bien cuando quiere, los hace huevo frito, duro y hasta pasado. Y, cuando tiene ganas de usarlos para un pastel, los bate a punto nieve y se divierte.
No necesito de alguien que camine a mi lado para pasarla increíble, me permito bailar sola encima de mi colchón y alucinarme Whitney Houston a media noche endulzando los sueños de mis vecinos.
Ser realista no significa que esté sufriendo las consecuencias de a parte de que me engañó, me mandó a la porra. No, pues. Renegada y renegona siempre he sido. Nadie puede cambiar eso y bueno, soy una adorable autosuficiente que usa unas botas de puta madre listitas para patear a quien intente cagar su identidad.
No espero aplausos ni murmuraciones estúpidas de mi estado emocional o mi facultad para recuperarme así de rapidito.
Me han herido, lo sé. Pero también tengo el derecho de haberme parado y haberme olvidado de lo mucho que lo había querido.
Así que alégrense conmigo y no pongan sus caras de signo de interrogación cuando ya van muchas noches que ni siquiera lo menciono, que ni siquiera lo pienso y mucho menos lo extraño.
El darling.
Nunca me he puesto la camiseta de la hinchada de "We love la fruta y las verduras and we are so proud of that". Ni las llantas que decoran mi cintura me han llevado a esas sanas adicciones, pero no por eso, he dejado de jugar con las pepas de las uvas y los duraznos.
On the other hand, él solía comer fruta y tenía su camiseta que creo que hasta le servía de pijama (just kidding). Pero qué manera de que le guste lo sano, carajo. Además de ser demasiado ordenado, su plato favorito era el salpicón de pollo, que irónicamente fue lo que almorzamos juntos por última vez (aunque realmente si se trata de almorzar con él otra vez, hasta me vestiría con plumas y comería manzanas).
Tocaba la batería, de noche, de día, de domingo a domingo, de mes en mes y yo, no me aburría de verlo los 365 días.
El Marce.
Se hizo un peinado de fruta cuando tenía 16. Estaba loco. Tocaba el bajo y cantaba a más no poder. Pero guardaba un secreto tierno con el que hasta ahora lo molesto. Lo encontrabas en las tocadas y rodeado de muchas chicas malas wannabe y es que el Marce era y es bien churro, PE! Pero a él nunca le ha importado eso. Tenía una sonrisa extraña y un corazón gigante.
El Charro.
A él lo conocí aaaaantes, mucho antes que a toditos. Estudiábamos inglés y en esa misma pubertad, la vida nos volvió a juntar. Gracias al darling lo volví a encontrar. El Charro es un cagón y eso hace que cuando lo conozcas, nunca, nunca puedas olvidarte de él. Me hacía dibujitos de la puta madre y era el propietario de unos helados de diez céntimos riquísimos. Es genial caminar y conversar con él. Tocaba la guitarra y estaba locazo este mi hermano.
El Bazán.
En la chiquititud el Bazán me ha dado terapias gratis sin que él se dé cuenta. Siempre le contaba mis peleas con el darling y a todo le encontraba SOLUCIÓN. Él era el vocalista, sacando pecho por su banda, mierda! A diferencia de los tres, él no tenía los dos pies izquierdos y lo podía encontrar en algún quino tirando su salsa. El más elegantón de todos era, una dulzurita el Bazán.
El primo.
Unos ojos preciosos tenía el primo. Creo que fue el que más me tuvo que soportar porque siempre era él el que pagaba pato cuando me ponía a buscar como loca al darling. Me ha visto feliz, me ha visto triste, me ha visto calladita y me ha visto demasiado habladora. El primo aunque no tenía mi sangre sino la del darlingo, ha sido como si fuera mi familia. Me acuerdo que cogía su celular y me leía sus mensajes de texto sin que se diera cuenta y me encantaba como a una de sus enamoradas le decía "preciosa". Siempre fue tierno y buenmozo.
Yo he sido la groupie de estos cinco chicos y los he querido y quiero harto. Y para no cambiar mi cualidad de "llorona" siempre que me acuerdo de ellos, chiquititos y ahora, todos unos hombres, me pongo a llorar de felicidad, alegría, etc., porque si he tenido la mejor pubertad/adolescencia fue gracias a ellos. Los amo, mis amorcitos.
Hemos conocido a princesas rubias, morenas, pelirrojas, chinas y
mulatas. Hemos crecido con la idea de que algún día un príncipe azul aparecerá
en su caballo y nos salvará de las brujas y madrastras malas. Luego, se nos enseñó que hasta un príncipe encantador podía ser preferido
por un ogro verde porque la belleza no sólo puede entrar por los ojos, pues lo
esencial está en el corazón.
Con esa misma
mentalidad, Paula, la princesa, vivió en su castillo, el cual contaba con mucha
seguridad: unos muros protegidos con un cerco eléctrico y un puente colgante
falso para que cualquiera que no pertenezca o no haya sido invitado al
castillo, caiga al río. El rey y la reina la cuidaron con todo lo que
pudieron.
A Paula le
encantaba jugar en el jardín, cantarle a las flores y mojar a las personas que
trabajaban en su castillo. Siempre fue risueña y traviesa. Amaba a los animales
y hacía ingresar a niños y niñas a escondidas para que disfruten de su cuarto
de juegos. Ha regalado muchas Barbies y ha pedido un carro para Ken, siempre.
Su cumpleaños
número 15 fue increíble, el más lindo de todo el reino, con un vestido
precioso, el mejor whisky, un paje churrísimo, muchos bailes, regalos preciosos
y sobretodo, mucho amor. Pero fue creciendo y empezó a salir de vez en cuando
del castillo con unas Converse para que no se escucharan los tacones.
Aprendió a
pintarse los labios y a delinear sus hermosos ojos para verse un poco más
linda de lo que ya era.
De pronto,
encontró fuera un mundo completamente diferente al que pudo imaginar. Empezó a
escuchar a AC/DC y a los Guns N' Roses y aunque no eran tan suevecitos como los
*NSYNC o los Backstreet Boys, le encantaron. Sus ojos llenos de curiosidad
empezaron a pisar bares, ir a tocadas así que a escondidas pintó sus uñas de
negro y se contagió de lo maravilloso que era sentirse bohemia por un ratito.
Pero había demasiada bondad en su corazón. Una princesa nunca deja de serlo ni
de parecerlo. Al comienzo, todos se daban cuenta, aunque pretendía camuflarse
eructando delante de todos y lanzando un par de malas palabras. Todo era
demasiado divertido. Empezó a conocer a personas que eran las villanas de los cuentos
que siempre leía. Al principio, se asustó un poquito, pero por su buen
corazón, decidió ser amable con ellos también.
Lo peor no fue haberse rodeado de villanos, porque era lo
suficientemente hábil como para reconocerlos, sino, que se le acercaran sapos. Gasparín
se convirtió en príncipe, la Bestia, también fue otro príncipe y los sapos, por
antonomasia, son "príncipes azules” y como lo esencial está en el corazón, ella
creyó en los sapos, una vez tras otra. Al besarlos, se convirtieron en
príncipes encantadores y guapetones. La hicieron reír, caminaron por el bosque
porque estos sapos aseguraron cuidarla. Fue feliz, muy feliz, pero sólo por un
momento. Cada uno de estos sapos que aparecieron en momentos distintos nunca fueron príncipes, sólo se disfrazaron
de ellos, porque con el tiempo a Paula sólo la destruyeron. Uno la golpeó, otro
la engañó y otro, simplemente la usó. Es así que mientras el disfraz de estos príncipes
falsos iba desgastándose y notándose su verdadera identidad, Paula poquito a
poco también se estaba convirtiendo en un sapo. Ya no era feliz en su castillo,
solamente lloraba y mandó a clausurar su cuarto de juegos. Se mudó y detestaba
verse al espejo porque sólo veía a un sapo.
Estaba en esas hasta que recordó a uno de sus amigos príncipes,
pero de los reales, que la acompañó en su adolescencia. Lo buscó y empezó a
sentirse mejor cada vez que conversaban un poco. Pero, la pobre Paula seguía
sintiéndose sapo y se avergonzaba de su nueva identidad.
Un buen día, mientras lloraba en un jardín, otra de sus amigas,
las princesas, la tomó de la mano y le hizo entender que el hada madrina no iba
a aparecer si es que Paula no la buscaba por su cuenta, así que le dio su
dirección y Paula, con mucho miedo, la fue a buscar.
Inmediatamente su hada madrina la reconoció y le dijo que la había estado esperando y le hizo entender que los sapos nunca serían príncipes y que ella nunca sería un sapo, porque nació princesa y princesa siempre va a ser.
Tenía una polera roja, jeans, zapatillas y una cola mal hecha cuando te vi
por primera vez. Aún recuerdo tu sonrisa de ese día, que la vi desde lejos
mientras te acercabas a mí. Yo me puse demasiado nerviosa que ni siquiera
hablé.
Con el blazer guinda y la falda estilo escocés no atendía las clases de
inglés. Pensaba en tu mirada, dibujaba tu sonrisa y escribía en mis libros tu
nombre junto al mío. Sonaban juntos demasiado bien. Esperaba el recreo para
continuar las conversaciones con mis amigas sobre lo mucho que me gustabas y la
inquietud de si a ti, tal vez, también. Me sonrojaba y no sabía qué hacer.
Ninguna de las tres habíamos tenido enamorado y éramos demasiado nerds cuando
se trataba de hablar sobre chicos.
Cuando empezamos por primera vez, yo sólo pensaba en qué excusa iba a poner
cuando quisieras besarme porque no tenía ni idea sobre cómo rayos mover mis
labios. Pasaron un par de horas, conversamos mucho y de pronto te acercaste y
nuestro primer beso (el primero en mi vida) duró menos de dos segundos
porque inmediatamente me reí bajito. Tú me abrazaste y yo ya era Neil Armstrong
pisando la Luna.
En nuestras siguientes citas tuvimos el récord de besos en un minuto.
Descubrí qué era eso de sentir mariposas en la panza y también eso de caminar
tomados de la mano. Siempre reíamos, en el mueble de mi casa, en el mueble de
mi abuela, en los parques, en tu casa o en el Panorámico y en el Magnus. En mí,
los chistes fluían y tú reías, reías siempre. Pero a pesar de que pasaban los
meses, siempre mantuvimos la misma introducción al vernos: un beso en la
mejilla y estar un poco separados hasta que sin darnos cuenta todo fluía. Por
más que lo intentamos y quedamos que la próxima vez nos saludaríamos con un beso
en los labios, no sé porque nunca pude hacerlo, aunque creo que dos veces sí lo
hice.
Me acuerdo que tenía que pedir permiso para todo a mamá y muchas veces no
pudimos vernos porque no me los daba. A veces nos veíamos a escondidas en la
sala de mi abuela o dejaba de ir a misa para verte. Una vez y la única que me
acompañaste a la Iglesia, lanzaste tus comentarios a una señora que casi nos
come con la mirada.
Muchas tardes llegué tardísimo a casa por quedarme a caminar contigo y
cuando me escapaba de casa, me esperabas en el parque y nos veíamos un ratito.
Me encantaba escuchar tu corazón y los sábados, el mayor permiso que conseguía
era llegar a casa 8:30pm.
Aún recuerdo la primera vez que me dijiste que querías casarte conmigo, los
planes que hacíamos y cuando discutíamos sobre el colegio de nuestros hijos.
También no se borra de mi memoria el día que nos casamos, sin testigos.
Todos nos envidiaban, con la envidia sana, por lo felices que éramos. Te
hice mil cartas y tú solo me hiciste una con la ayuda de Francesco, pero me
diste miles de recados con Graciela, Evelyn y Susan que me los daban justo a la
entrada del colegio.
Fui tu fan Nro. 1 y me encantaba verte tocar mientras imaginaba que en unos
años ibas a ser famoso y yo te acompañaría en todas tus giras.
La mazamorra morada, la canchita y el juego del durazno nos acompañaron en
tu casa. Iron Maiden, Stratovarius y hasta Mago de Oz los llevo en la memoria y
los escucho de vez en cuando.
Todo fue realmente maravilloso y valió la pena desde recoger a Sebas hasta
haberme tirado la pera en el colegio.
Creo que pronunciar el primer “te amo” y haberlo sentido por primera vez
difícilmente va a poder ser suplantado. Sólo sé que mientras todo esto duró fue
increíblemente lindo y sobretodo, puro y real. Fue una buena decisión cuando
decidimos que esto acabara y desde ese entonces, hemos sido grandes amigos, que
es lo mejor de todo, al final. Y bueno, uno nunca olvida a su primer amor.
Termino esto con una de las canciones que él me dedicó.
Siete días cíclicos de tres horas intranquilas convulsionan
seguidito.
Quiero aspirar la casa, pero no tengo aspiradora. Tengo
clases, pero hace días que no entro a alguna.
Mis botas están al frente de mi cama, quieren escaparse,
correr conmigo a alguna parte, aunque sea cerca, pero no tengo ganas.
Hay pintura, pero tampoco tengo ganas de pintar. Hay mucha
bulla y no tengo ganas de cantar.
Cuando estoy en estas circunstancias sólo quiero no hacer
nada o quizás, ponerme a llorar, tampoco lo sé.
Las nubes están ocupadas y las estrellas ya no tienen
gracia. Las llaves están por los suelos
y la inconstancia se adueña de mi cuerpo.
Me rendí con las ollas, los platos y los vasos comprados,
con bolsas prestadas y los condimentos vencidos.
Mis uñas están limpias, pero mi cabello siempre anda
acalambrado por la magnitud de mis malos pensamientos.
No quiero lluvias falsas así que por eso no me baño.
Camino por la casa descalza y grito: “nothing, nothing,
nothing”, así como si tuvieran signos de exclamación en cada una de sus letras
y aunque parezca alienada, siempre he pensado que el inglés te da la oportunidad
de ser fría, aunque sea un poco.
I can’t get out y eso
me rompe en millones de pedazos de todos los portes. It’s a storm donde
los truenos están salados y los rayos ni siquiera pasan corriente.